Espero que estas reflexiones hayan servido para plantear el debate
Opinión: «Mata a un turista» (excepto si el turista eres tú, claro) por Justí Soriano Caldentey. Por cierto, tampoco estaría mal que el consistorio de Manacor se planteara retirar semejante pintada
No podemos equiparar a quien intenta mantener un negocio familiar con quien especula con el suelo, concentra activos inmobiliarios o participa en operaciones que alteran el acceso
AGENCIA MANACORNOTICIAS 02/11/2026 - 15:51:32
Evidentemente, una pintada o un eslogan provocador no constituyen automáticamente un delito. La libertad de expresión protege también las críticas radicales, las protestas

«Mata a un turista» (excepto si el turista eres tú, claro) por Justí Soriano Caldentey. Justí Soriano es filósofo humanista, graduado en Relaciones Internacionales y actualmente finaliza el grado en Humanidades por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Cuenta con formación de posgrado en Neurocomunicación y Oratoria (UVic), másteres en Filosofías para los Retos Contemporáneos (UOC) y Filosofías del Cuidado (UAB- UdG), y cursa actualmente el Máster en Retórica y Oratoria (UNIR). Su formación incorpora también las ciencias políticas y jurídicas, la mediación y la dirección de proyectos, así como estudios de sexualidad y psiquiatría (KU, Dinamarca). Mediador acreditado por el Ministerio de Justicia, fue director de Juventud de Cruz Roja en Baleares durante dos años y vicepresidente de Orgull de Poble, responsabilidad que abandonó en 2025. Ha participado en iniciativas europeístas vinculadas al Parlamento Europeo y recibido becas de formación de instituciones europeas. Su trayectoria académica ha sido reconocida con el Premio a la Excelencia Académica de Fundación Randstad y CaixaBank.

Trabaja como asesor político y docente, y desarrolla distintas líneas de investigación en torno al género, los extremos ideológicos, la identidad, los discursos populistas y los procesos de autodestrucción. Su futura investigación doctoral se orienta hacia la narratología, los estudios culturales y el análisis del discurso. Actualmente prepara sus dos primeros libros. Cuando vivía en Islandia y trabajaba como recepcionista en Reikiavik, veía llegar a muchísimos visitantes. Españoles, *mallorquines* y franceses, entre otras nacionalidades, que viajaban hasta allí para conocer sus volcanes, sus aguas termales, sus paisajes y aquella naturaleza que para muchos de nosotros tenía algo de exótico. Llenaban las calles de Reikiavik y daban vida y alegría a un lugar que históricamente había tenido una actividad turística y una densidad de población bastante diferentes a las que encontramos en otros destinos europeos. Nunca me pareció extraño. Al contrario, entendía que aquellas personas quisieran conocer Islandia, igual que nosotros sentimos curiosidad por visitar otros territorios. Eso sí, lo que estaba sucediendo allí no alcanzaba las dimensiones que estamos experimentando estos últimos años en Mallorca.

Quizás deberíamos preguntarnos quién mueve los millones, quién controla determinadas operaciones, quién decide sobre el suelo, quién obtiene las rentas y quién permite que el modelo

Y, aun así, aquello también podía cambiar si no se establecían mecanismos de planificación y control adecuados. Ahora bien, volvamos a Mallorca. Los precios de la vivienda no dejan de subir. Mallorca está de moda, es un paraíso, todo el mundo quiere visitarla. Y mientras tanto, en Manacor, me encuentro con una pintada que fotografié hace unos días. Dice literalmente «Kill a Tourist». Es decir, «Mata a un turista». Por cierto, tampoco estaría mal que el consistorio de Manacor se planteara retirar semejante pintada. Lleva meses ahí, prácticamente toda la temporada. Alguna vez me he quedado observando la reacción de las personas que bajan del autobús y se encuentran con semejante bienvenida. Casi dan ganas de instalar una cámara y hacer un pequeño experimento sociológico. Me sorprende que todavía no haya desaparecido. En otras ciudades europeas probablemente no habría durado tanto. Y no hablo de censurar reivindicaciones políticas ni críticas sociales, sino de algo bastante más elemental.

Ningún llamamiento a la agresividad, contra turistas, colectivos minoritarios o cualquier otra persona, debería permanecer meses en una pared pública. A veces confundimos lo público con lo que no es de nadie, cuando precisamente es de todos. Y si es de todos, también merece respeto y mantenimiento. La pregunta del millón es quién es el responsable de la situación que estamos viviendo. Y prefiero utilizar responsable antes que culpable. Esta última palabra tiene una connotación casi religiosa, como si estuviéramos buscando a alguien sobre quien depositar todos nuestros pecados para después dictarle una sentencia. No creo que necesitemos eso. Necesitamos identificar responsabilidades, decisiones negligentes y, sobre todo, a quienes tienen capacidad efectiva para intervenir en el modelo económico y territorial. Desde una perspectiva de planificación estratégica y project management, la cuestión sería bastante más sencilla de formular. ¿Quién está haciendo una planificación deficiente? ¿Quién está omitiendo una evaluación de riesgos sociales, económicos, medioambientales y demográficos? ¿Quién está ignorando la capacidad de carga del territorio, las externalidades negativas y las consecuencias que determinadas decisiones tienen sobre la población residente? Y aquí es donde quiero detenerme en una idea que ya defendí en mi entrevista con Toni Sansó, reconocido activista de Sant Llorenç des Cardassar, vinculado a la defensa de sa Punta de n'Amer y referente histórico de la izquierda balear y del sector turístico.

El turista eres tú. Existe una cierta incongruencia entre señalar al turista como responsable de todos nuestros males y, después, salir de la isla para hacer exactamente aquello que criticamos cuando lo hacen los demás. En realidad, la coherencia absoluta exigiría no salir nunca de nuestro pueblo, no consumir nada que no se haya producido allí y no acudir ni siquiera a un Lidl, un Mercadona o cualquier otro establecimiento (ni producto o ingrediente que tenga cualquier producto) que forme parte de una economía de mercado globalizada. Porque en el momento en que cruzamos nuestras fronteras, viajamos, consumimos y participamos en otros mercados, estamos alimentando unos flujos económicos de los que también formamos parte.Y no merefiero únicamente a quienes viajan a un hotel todo incluido. Muchos mallorquines que critican el turismo han viajado por Europa, han visitado otros continentes o se han marchado a Tailandia con una mochila a la espalda. Como si el hecho de no alojarse en un hotel o no contratar un paquete turístico les concediera una categoría moral diferente. Utilizan expresiones como «he ido a conocer Tailandia» o «he ido a visitar el país», como si eso modificara la naturaleza de su desplazamiento. Pero, si los conectáramos a un detector de mentiras o, mejor todavía, a un detector de incoherencias, probablemente empezaría a pitar y hasta les corregiría gramatical y semánticamente.

«No, querido, tú también has hecho turismo.» La propia palabra tiene una historia interesante. Según el Diccionario de la lengua española, turista procede del inglés tourist, relacionado con el francés touriste y la idea de recorrido o vuelta. El término se popularizó durante los siglos XVIII y XIX, en paralelo a la transformación de los viajes por placer. De hecho, en 1838 Stendhal publicó Mémoires d'un touriste. El turismo como práctica es mucho más antiguo que la palabra, pero el fenómeno moderno fue evolucionando desde los viajes formativos de las élites europeas, como el conocido Grand Tour, hasta los desplazamientos organizados del siglo XIX y, posteriormente, el turismo de masas, que se expandió especialmente a partir de mediados del siglo XX. La RAE define al turista como la persona que hace turismo. No establece diferencias entre quien viaja con una mochila, quien reserva un hotel de cinco estrellas, quien visita un museo o quien pasa una semana en un complejo turístico. Por tanto, convendría abandonar esa jerarquía moral que hemos construido entre nuestros viajes y los viajes de los demás. Porque el turista, en muchos casos, no deja de ser un trabajador del sistema capitalista que, después de trabajar durante todo el año, reúne algo de dinero y aprovecha las vacaciones para desplazarse allí donde puede, con los recursos económicos de los que dispone.

Tenga mayor o menor conciencia ecológica, cultural o social. No todas las personas tienen las mismas posibilidades económicas ni las mismas motivaciones para viajar. También conviene distinguir entre turismo de lujo y turismo de calidad. No son necesariamente conceptos equivalentes. El lujo suele asociarse al gasto elevado, la exclusividad, la opulencia, pomposidad y la capacidad adquisitiva. La calidad debería medirse por otros indicadores, como el respeto al territorio, la contribución a la economía local, las condiciones laborales, la responsabilidad medioambiental y la relación con la población residente. Un visitante que paga mucho dinero no es necesariamente más respetuoso que quien viaja con un presupuesto modesto. Y un destino no mejora automáticamente porque aumente el gasto medio por visitante. Por supuesto que existe el «turismo basura». Existe gente que viaja sin ninguna conciencia del lugar que visita, que deja residuos, deteriora espacios naturales, no respeta las normas de convivencia o trata a la población residente con desprecio. No ignoro ese problema ni pretendo justificarlo.

Es una cuestión de educación social, responsabilidad individual y cumplimiento delas normas, y ahí las administraciones deben actuar con medidas efectivas. Pero no podemos meter a todo el mundo en el mismo saco. No podemos justificar que, porque un mallorquín maleducado y pomposo se marche de vacaciones a Senegal y trate a la población local, especialmente a las personas negras, como si estuvieran a su servicio, los senegaleses concluyan que todos los mallorquines somos turistas de mierda. Sería una generalización injusta. Y lo que no aceptamos cuando nos sucede a nosotros tampoco deberíamos normalizarlo cuando afecta a los demás. Por eso descartaría al conjunto de los turistas como responsables del problema estructural que tenemos encima de la mesa. Descartaría también que perseguir familias, lanzarles agua, dificultarles las vacaciones o convertir determinadas paradas de autobús en escenarios de intimidación vaya a resolver la crisis habitacional o la saturación territorial. Muchas de esas personas han trabajado durante todo el año, tienen sus propias dificultades económicas y han elegido Mallorca para disfrutar de unos días de descanso. Exactamente lo mismo que hacemos nosotros cuando salimos de la isla. Eso no significa que no podamos debatir sobre los comportamientos individuales ni sobre el impacto agregado de millones de decisiones de consumo.

Significa que debemos distinguir entre la responsabilidad de quien visita un territorio y la responsabilidad de quienes diseñan, regulan y se benefician de su modelo económico. El problema es bastante más complejo. Cada vez hay más gente, más desplazamientos y más presión sobre unos recursos que no son ilimitados. Los supermercados están llenos, los aeropuertos desbordados, los hoteles y los establecimientos de todo incluido mantienen una elevada ocupación, pero muchos negocios locales no parecen beneficiarse en la misma proporción. Mientras tanto, la vivienda continúa encareciéndose y los salarios de buena parte de la población no siguen esa misma evolución. Tenemos un problema de distribución del valor generado por la actividad turística. No basta con contabilizar llegadas, pernoctaciones, facturación o gasto medio por visitante. Hay que analizar cuánto de ese valor permanece en el territorio, qué parte se concentra en determinados operadores, qué costes sociales y medioambientales se externalizan y quién acaba soportando las consecuencias. Es decir, necesitamos evaluar los efectos distributivos del modelo y no conformarnos con sus indicadores macroeconómicos más favorables.

Y quiero dejar algo claro. No estoy en contra de los empresarios, ni mucho menos de las pequeñas y medianas empresas. Al contrario, estoy a favor de los negocios locales, de los restaurantes de pueblo, de los comercios familiares, de quienes levantan cada mañana la persiana y generan empleo en su entorno. Son precisamente estos negocios los que necesitan una economía turística que distribuya mejor sus beneficios y que no los deje compitiendo en condiciones cada vez más difíciles.Mi crítica se dirige a quienes concentran un poder económico descomunal, a determinados intereses especulativos y a quienes convierten la vivienda, el suelo y el territorio en instrumentos de acumulación patrimonial. Hablo de los grandes operadores y de los capitales que mueven millones y millones de euros, de quienes pueden intervenir en el mercado inmobiliario y turístico con una capacidad financiera que está muy lejos de la de cualquier pequeño empresario. Hablo de la opulencia, de la ostentación y de determinados modelos de negocio cuya rentabilidad depende de extraer el máximo valor posible del territorio sin asumir proporcionalmente sus costes. Mientras tanto, el restaurante del pueblo puede pasar buena parte del verano medio vacío y verse obligado a incrementar sus precios para afrontar unos costes que no dejan de subir.

No podemos equiparar a quien intenta mantener un negocio familiar con quien especula con el suelo, concentra activos inmobiliarios o participa en operaciones que alteran el acceso de la población a la vivienda. No son la misma realidad empresarial ni tienen la misma responsabilidad. Por eso, cuando hablamos de límites al turismo, no estamos hablando de eliminar una actividad económica que ha proporcionado empleo, oportunidades y desarrollo a Mallorca. Estamos hablando de establecer límites razonables a su crecimiento, de ordenar los flujos, de proteger los recursos disponibles y de garantizar que la rentabilidad económica no se consiga a costa de la habitabilidad de la isla. El turismo puede y debe formar parte de nuestro futuro, pero no puede crecer indefinidamente en un territorio finito. Y aquí vuelvo a la responsabilidad pública. Un modelo turístico necesita planificación a medio y largo plazo, identificación de riesgos, análisis de escenarios, indicadores de impacto y mecanismos de seguimiento. Necesita coordinación entre administraciones, participación de los agentes económicos y sociales, evaluación de resultados y capacidad para corregir las decisiones cuando no funcionan. No basta con anunciar medidas, presentar campañas o hacerse una fotografía. Hay que intervenir sobre las causas estructurales, no limitarse a gestionar las consecuencias cuando ya se han convertido en un problema. Parte de las plataformas y organizaciones contrarias al turismo tampoco siempre está sabiendo dirigir su discurso hacia esos centros de decisión y esos problemas estructurales. La crítica social es necesaria y las movilizaciones son legítimas, pero necesitan objetivos claros, propuestas viables y una identificación rigurosa de los actores que tienen capacidad para transformar la situación. Dividir a residentes y visitantes, o enfrentar a trabajadores con trabajadores, puede generar titulares, pero no redistribuye la riqueza, no construye vivienda ni modifica por sí mismo las condiciones del mercado.

Hay, además, una cuestión jurídica que no deberíamos pasar por alto. La libertad de expresión y el derecho de manifestación están protegidos por la Constitución Española, pero también lo están la dignidad humana, la vida y la integridad física y moral. El artículo 10 sitúa la dignidad de la persona entre los fundamentos de nuestro orden político; el artículo 15 reconoce el derecho a lavida y a la integridad física y moral; y el artículo 20 protege la libertad de expresión, aunque establece límites relacionados con los derechos de los demás. El artículo 21 ampara las reuniones y manifestaciones pacíficas. En el ámbito europeo sucede algo parecido. La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad personal en su artículo 3, y protege la libertad de expresión en el 19. El Convenio Europeo de Derechos Humanos recoge el derecho a la vida en su artículo 2 y la libertad de expresión en el 10. La Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea también reconoce el derecho a la vida, la libertad de expresión y, para los ciudadanos de la Unión, la libertad de circulación y residencia. Esta última Carta se aplica a los Estados miembros cuando actúan dentro del ámbito del Derecho de la Unión.

Evidentemente, una pintada o un eslogan provocador no constituyen automáticamente un delito. La libertad de expresión protege también las críticas radicales, las protestas y los mensajes incómodos. Pero el Código Penal contempla las amenazas en sus artículos 169 y 170, y la provocación para cometer delitos en el artículo 18, que exige una incitación directa a la perpetración de un delito. El artículo 510 regula determinadas conductas de incitación al odio, la hostilidad, la discriminación o la violencia por motivos discriminatorios expresamente previstos. La calificación jurídica de una expresión como «Kill a Tourist» dependería de su contexto, su destinatario, su difusión, su gravedad y las circunstancias concretas. No sería riguroso afirmar que cualquier aparición aislada de esa frase constituye por sí misma un delito, pero tampoco deberíamos banalizar un mensaje que literalmente plantea matar a una persona por su condición de visitante.

Podemos cuestionar el modelo turístico, exigir responsabilidades a las administraciones, denunciar la especulación inmobiliaria, reclamar límites y defender el territorio con toda la contundencia que sea necesaria. Podemos manifestarnos, organizarnos y exigir cambios. Lo que no necesitamos es convertir a personas corrientes en enemigos, ni alimentar una división social que beneficia precisamente a quienes tienen más capacidad para permanecer al margen del debate. Quizás el problema no está en la familia que llega con sus maletas al aeropuerto, sino bastante más arriba. Quizás deberíamos preguntarnos quién mueve los millones, quién controla determinadas operaciones, quién decide sobre el suelo, quién obtiene las rentas y quién permite que el modelo siga funcionando sin una planificación adecuada. Espero que estas reflexiones hayan servido para plantear el debate desde otra perspectiva. Estoy a favor del turismo, pero no del crecimiento ilimitado. Estoy a favor de las pequeñas empresas, de los trabajadores y de una economía que genere prosperidad sin expulsar a quienes viven aquí. Estoy a favor de poner límites, de exigir responsabilidades y de proteger Mallorca.Y no, no matemos a ningún turista, —entre muchas otras cosas— porque en cualquier momento el turista podemos ser nosotros.

Bibliografía y referencias · RealAcademia Española. Diccionario de la lengua española, entrada «turista». · Towner, J. (1985). «The Grand Tour: A Key Phase in the History of Tourism». Annals of Tourism Research, 12(3), 297-333. · Gordon, B. M. (2002). «El turismo de masas: un concepto problemático en la historia del siglo XX». Historia Contemporánea, 25, 125-156. · Stendhal (1838). Mémoires d'un touriste. · España. Constitución Española de 1978. · España. Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal. · Naciones Unidas (1948). Declaración Universal de los Derechos Humanos. · Consejo de Europa (1950). Convenio Europeo de Derechos Humanos. · UniónEuropea (2016). Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea.

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1
Manuel Rosas Serra
Interesante y curiosa reflexión Hay que leerla e interiorizarla en su justa medida
Magdalena Riera
Mi opinión es que el artículo de Justí Soriano Caldentey plantea una reflexión interesante, necesaria y bastante equilibrada sobre uno de los debates más delicados que vive Mallorca: la presión turística y sus consecuencias sociales, económicas y territoriales. «Mata a un turista» (excepto si el turista eres tú, claro). El artículo tiene un planteamiento inteligente: cuestiona la creciente hostilidad hacia los turistas y pone el foco en quienes realmente tienen capacidad para decidir sobre el modelo económico de Mallorca. 1. Su principal acierto es distinguir entre el turista individual y el sistema turístico. 2. No se puede responsabilizar a una familia que viene de vacaciones de todos los problemas de la isla. 3. La pintada «Kill a Tourist» es un mensaje desafortunado, rechazable y contrario a la convivencia. 4. El autor acierta al recordar que los mallorquines también somos turistas cuando viajamos fuera. 5. Existe una contradicción evidente entre reclamar libertad para viajar y cuestionar la de quienes visitan Mallorca. 6. Sin embargo, esa comparación no debe servir para minimizar los problemas de saturación turística. 7. La vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas sociales de Baleares. 8. También preocupan la movilidad, la presión sobre los recursos naturales y la capacidad de los servicios públicos. 9. El artículo señala correctamente a los grandes operadores económicos y a los intereses especulativos. 10. No todos los empresarios turísticos tienen la misma responsabilidad ni obtienen los mismos beneficios. 11. Las pequeñas empresas y los trabajadores locales también sufren las consecuencias de un modelo mal distribuido. 12. Mallorca necesita turismo, pero no puede permitirse un crecimiento ilimitado. 13. La capacidad de carga del territorio debería ser una prioridad política y no solamente una expresión académica. 14. Las administraciones han tenido tiempo suficiente para anticiparse a muchos de estos problemas. 15. La planificación territorial, la vivienda y los servicios públicos necesitan decisiones concretas. 16. También es acertado defender que las protestas deben dirigirse hacia quienes tienen capacidad para cambiar las cosas. 17. El enfrentamiento entre residentes y visitantes no soluciona ninguno de los problemas estructurales. 18. La libertad de expresión no puede confundirse con el derecho a amenazar o intimidar a otras personas. 19. El análisis jurídico aporta seriedad, aunque convendría evitar interpretar automáticamente la pintada como un delito. 20. El autor demuestra conocer las distintas dimensiones del fenómeno turístico y sus consecuencias. 21. No obstante, el artículo podría profundizar más en la responsabilidad política de los gobiernos que han permitido llegar a esta situación. 22. También debería preguntarse si las medidas anunciadas hasta ahora están dando resultados o simplemente son declaraciones de intenciones. 23. Mallorca necesita un debate serio, sin radicalismos, pero también sin complacencia política. 24. La convivencia exige respeto hacia el visitante, pero igualmente respeto hacia los residentes que ven deteriorarse su calidad de vida. 25. En definitiva, comparto la tesis central del artículo: el turista no es el enemigo. El verdadero debate está en quién dirige el modelo turístico, quién obtiene sus beneficios y quién termina pagando sus consecuencias.